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I.E.D. Brisas del Río

Soy un ser de luz (aunque a veces lo olvide)

Soy un ser de luz. Lo digo y, por un instante, suena grandioso… casi demasiado. Como si esas palabras pertenecieran más a los libros de frases bonitas que a la vida real, donde también me enojo, me equivoco y tengo días grises. Y, sin embargo, aquí está la paradoja: incluso en mis sombras, algo en mí sigue brillando.

No siempre lo noto. De hecho, hay días en los que mi luz parece esconderse como el sol detrás de las nubes, y me convenzo de que ha desaparecido. Pero no. Nunca se apaga del todo. Solo espera.


La luz que no siempre se ve

Ser un ser de luz no significa ser perfecto. Esa es la primera gran confusión. Durante mucho tiempo pensé que debía estar siempre bien, siempre alegre, siempre seguro. Como si la luz no pudiera temblar.

Pero la verdad es otra.

Mi luz se parece más a una vela en medio del viento: a veces firme, a veces vacilante… pero persistente. Está en mis ganas de intentarlo de nuevo, en mi capacidad de aprender, en ese impulso —casi silencioso— de seguir adelante incluso cuando no tengo todas las respuestas.


Entre dudas y claridad

Hay días en los que me siento perdido, como si caminara en un cuarto a oscuras. Y es curioso, porque incluso ahí, en medio de la duda, sigo siendo un ser de luz. Solo que no lo recuerdo.

La vida tiene esa ironía: buscamos fuera lo que ya está dentro. Como alguien que enciende una linterna para encontrar… la linterna que ya tenía en la mano.

Cada experiencia —las buenas y las difíciles— es parte de ese proceso. No me quitan luz; la transforman. La hacen más consciente, más profunda.


Mi luz también toca a otros

A veces olvido que mi forma de hablar, de actuar, incluso de mirar, puede influir en los demás. Un gesto amable, una palabra oportuna, un poco de paciencia… pequeñas chispas que pueden encender algo en otra persona.

No es algo espectacular. No hay aplausos ni luces de escenario. Pero es real.

Ser un ser de luz no es brillar solo. Es iluminar, aunque sea un poco, el camino compartido.


Aceptar la sombra, cuidar la luz

He entendido algo importante, aunque todavía lo estoy aprendiendo: no necesito negar mis momentos difíciles para ser luz.

La luz no desaparece cuando me equivoco, cuando me siento inseguro o cuando no sé qué hacer. Al contrario, es en esos momentos donde más sentido tiene reconocerla.

Porque ser luz no es vivir sin sombras… es no quedarse a vivir en ellas.


Conclusión: recordarlo, una y otra vez

Soy un ser de luz. No porque todo en mí sea perfecto, sino porque, incluso con mis dudas, sigo creciendo, aprendiendo y buscando.

Y tal vez de eso se trata.

De recordarlo en los días fáciles… y, sobre todo, en los difíciles. De entender que mi valor no depende de un momento, ni de un error, ni de una opinión.

Mi luz no es algo que tenga que encontrar afuera.

Es algo que, de alguna manera, siempre ha estado en mí.


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